lunes, 7 de diciembre de 2015

Losing all the faith in people

Los gritos de la arquitecta resonaron a lo largo y ancho del laberinto de metal, mientras intentaba liberarse del fuerte agarre de lo que sea que le sujetaba el tobillo sin disminuir un segundo su intensidad. No podía levantarse, por lo tanto, forcejeaba en vano mientras retrocedía hacia la oscuridad sin dejar de vociferar.
Se oyeron pasos desde donde ya no alcanzaban los ojos para observar, unos zapatos de medio taco muy caros, que emitían un eco regular e importante. Tras un suspiro y a la vista de la mayoría de los que se encontraban cuerdos, la punta de un bastón se levantó en el aire, brillando bajo el rayo de sol que se abría paso desde la superficie, y pareció apuntar unos momentos para tomar impulso. A pesar de los gritos histéricos, no pareció interferir en su concentración, arrojando el bastón con una fuerza descomunal y con una puntería milimétrica, dió en la frente del agresor, quien soltó un alarido de dolor y pareció desplomarse en el suelo, inconsciente.
Mao se apresuró a correr al la otra punta exacta donde aún podía verse luz, y se volvió a acurrucar muy rígidamente, pero temblando, abrazando sus piernas, dando la impresión de que quería quebrarlas.

-¡Denada, preciosa! - Le gritó muy alegremente el desconocido, mientras se acercaba caminando, como si escuchara una melodía dentro de su cabeza, e intentando bailarla disimuladamente.
Se arrodilló para recoger su bastón, y de paso, le tomó el pulso al otro hombre, desplomado sobre el asqueroso suelo, con la marca de un escudo familiar resplandeciendo de un brillante color carmesí sobre la frente.

-¡Está vivo, señoras y señores! ¡No es un zombie!- Vitoreaba como si acabara de ganar un premio.
Gaia lo aplaudía felízmente como si acabara de salvarle la vida, mientras su hermano Leoni la miraba de mal humor, y luego apuntaba sus ojos verdes hacia el hombre, muerto de celos.

-Bien hecho, señor... de bigote estúpido.- Expresó sarcásticamente, con los brazos cruzados, el pecho inflado y una ceja levantada, pero el sujeto no le prestó la más mínima atención. En su lugar, se había dado vuelta para buscar algo en el suelo. Leoni dio unas pasos en su dirección, mientras alzaba un poco más la voz, para asegurarse de que lo oyera - Gracias por corroborar lo obvio señor, mas me encantaría saber quién es usted.

La voz de Leoni sonó inocente y exageradamente amable, muy forzada. Sin embargo, era difícil saber si esto había producido algún efecto en el destinatario de tales palabras, ya que ni bien terminó de oír al niño, se incorporó de golpe con algo en la mano lo cual limpió para quitarle la mugre, aunque las manchas de humedad permanecieron intactas.

-No es necesario agradecer, señorito, es mi deber como profesional - Con una mano a la altura del corazón dio una pequeña reverencia a Leoni, quien lo miraba muy confundido. Se colocó la galera húmeda sobre la cabeza, completando su apariencia caricaturesca - Mi nombre es Johan Crapoulette - Dijo fescamente con una sonrisa cálida en su rostro, pero la tapa de su galera se abrió como una lata y tiró la gran primera impresión a las cloacas.

-M-Mucho gusto... - Leoni le extendió la mano para saludarlo, pero esta temblaba en disconformidad. Johan le extendió la mano también, mostrando unos guantes blancos carísimos, razgados en los dedos índice, medio y meñique. -Pero qué desperdicio...
-¿Disculpa? - Preguntó Johan genuinamente
-Tus guantes - Señaló Leoni - Parecen muy caros
-¡Ah! Sí, por supuesto ¡Uno nunca tiene suficientes guantes! Y te daré la razón... Ya que estos eran mis favoritos. Eran tan cómodos como... Eh... Un par de guantes.
-Leoni se golpeó la frente con la palma de la mano- No te importa, ¿Cierto?
-¡Por supuesto que me importa!- Se quejó apenado - ¿Dónde crees que conseguiré otros guantes en medio de este apocalipsis? Además, estos eran doblemente especiales, ya que me los ha regalado una hermosa señorita.
-¿Puedo saber sobre ella?-En su voz denotaba desconfianza
-¡Ohhh! ¡La maravillas que podría comentarte! No merecía la vida que le tocó, desde luego... - Sacó un pañuelo de algún bolsillo interno de su precioso saco negro y se secó unas lágrimas invisibles teatralmente, casi podía oírse la música dramática de fondo mientras lo hacía. Lo volvió a doblar y lo guardó en un bolsillo de su chaleco.- Un hermoso cabello largo, negro como la noche misma; unos cálidos ojos carmín, labios pequeños y prominentes, piernas largas y anchas caderas... A puesto a que cualquiera temblaría ante tal perfección. Sin embargo, las almas más puras son las que reciben los golpes más duros.

Los ojos de Leoni se abrieron de par en par. Se dio media vuelta para dar un vistazo rápido al pasillo y corroborar la ubicación de su hermana, tranquilizándose al verla en una media ronda alrededor de Mao junto con tres chicas más, tomando la mano de Eliu.

-Esa bonita damisela parece una vela encendida en una fría noche de invierno...
-Leoni volvió a darse la vuelta a toda velocidad, perdiendo algo de su equilibrio al hacerlo. Desafiante, volvió a observar directamente los grandes y redondos ojos negros de Johan, aunque éste no le devolvió la mirada- ¿¡QUÉ?!
-Sin prestarle atención, continuó-...Sin embargo, en el momento en que colocas una cúpula sobre la vela, aunque tu intención sea que el viento no extinga la llama, ésta se quedará sin oxígeno y se apagará. Interesante, ¿No?
-Qué... ¿Qué quieres decir?
-Moraleja de la historia: Nunca cubras una vela. Una vez cubrí una y me morí de frío, yo pensaba que si la cubría iba a calentar el vidrio y podría apoyar las manos. Luego investigué y... ¡Me di cuenta que no! El fuego necesita oxígeno como nosotros...- Se peinó el bigote juntando las yemas de los dedos para enrulralo - No cometas ese error que yo cometí, o vas a sentirte realmente mal, te congelarás. Con su permiso, caballero, voy a ver qué es lo que pasa a las señoritas de allá, ¡Nos vemos!

Johan se sacó el sombrero para saludar, y marchó pomposamente hacia el otro extremo. El rebote de la tapa era imposible de ignorar.

-¡Demonios! No entiendo a ese señor. ¡Pasa de la formalidad a la informalidad en cada oración que dice!

Del otro lado del pasillo, Mao parecía estar menos a la defensiva mientras charlaba con Melpómene y Gaia, mientras las otras dos chicas se limitaban a seguir la conversación con la mirada. Sus ojos seguían hinchados pero su sonrisa al hablar parecía la de una nena pequeña. Era débil, pero reflejaba gratitud desde lo más hondo de su persona. Al escuchar los parejos pasos de Johan, las mujeres dieron vuelta la cabeza hacia él, a diferente tiempo cada una, y quien le mantuvo la mirada sin parpadear fue la arquitecta. Luego de un silencio tenso entre ambos, fue ella quien se dio la libertad para hablar primero

-¿Qué necesitas?
-Dulce señorita, no desconfíe de mi persona, he venido a corroborar que usted se encuentre bien.- El hombre dio una reverencia, y la tapa de la galera acompañó su movimiento.
-Ah, bueno... Gracias por lo de antes. No es nada grabe, solo... Me asusté. No estoy acostumbrada a que la gente se arrastre y me agarre por los tobillos.-Una mirada asesina fue dirigida hacia el sujeto con la marca en la frente, aún inmóvil bajo la luz que se filtraba desde la superficie.
-¿Me permite su mano, por favor?
-¿P-Para qué?
-¿Confiarías en mí, por favor?
-No.
-Está bien... En ese caso...

Johan se sentó en el suelo junto a ellas. Se sacó su tapado negro, dejando a la vista una camisa de seda blanca, un chaleco negro de Lino y unos pantalones de vestir negros, con un arma atada a una pistolera. La desató de su pantalón y se la entregó a Melpómene; luego, volvió a agarrar su saco negro y lo dio vuelta, dejando a la vista todos sus bolsillos internos para que todas las señoritas pudieran verlos con claridad

-Si algo de lo que saque de aquí les parece peligroso, tienen permiso para jalar del gatillo.¿Están de acuerdo?- La arquitecta enmudeció. Y ante esa falta de respuesta se dio la libertad para continuar- En ese caso, permíteme sostener tu mano, si eres tan amable.

La arquitecta obedeció. Estiró la mano en su dirección, y Johan la tomó, colocándole los dedos sobre la muñeca, contando hacia a sus adentros un momento. La soltó, empezó a hacer un cálculo en el aire y luego de eso dio un diagnóstico.

-Estás bien, pero podrías estar mejor -Una amable sonrisa fue dibujada en su rostro afilado y cadavérico- Señoritas, ¿Me ayudarían con algo, por favor?
-Por supuesto - Dijeron todas, menos una, quien copió los ademanes del resto.
-Muchas gracias. Quiero que hagamos un ejercicio de respiración; cuando les diga quiero que tomen aire, entonces golpearemos nuestras rodillas una vez por segundo... Cada tres golpes quiero que inhalen, y cada tres golpes quiero que exhalen. ¿Vamos?

Las chicas asintieron con la cabeza, Gaia estaba felíz como si se tratara de un juego. La otra muchacha, de cabello borravino atado con una cola de caballo miraba confundida a los demás, hasta que observó a Johan quien de manera exagerada inhaló, dando 3 golpes en la rodilla y exhaló el aire tras otros 3 golpes. Entonces, la muchacha sonrió y asintió con la cabeza. Johan se dio unos golpecitos detrás de la oreja, a lo cual esta muchacha reaccionó y negó con la cabeza. Luego, al ver al hombre hacer un remolino delante de su boca ella entendió el mensaje y asintió, señalando a Mao e indicando que no abriría la boca por el momento.

-Bueno... ¿Listas? Ahora.

Para dar comienzo al ejercicio, Johan agachó la cabeza para que la muchacha entendiera que era el momento de comenzar.

Alain seguía sentado con la pequeña niña en brazos. La observaba fijamente, aunque con la mirada ausente y los ojos a media asta. Los párpados de la pequeña comenzaron a alivianarse, abriéndose lentamente y adormilados. La luz caía sobre ellos, reflejando un hermoso caleidoscopio. Brillantes e hipnóticos, sus ojos eran de un celeste claro, iridiscentes bajo el reflector donde tomaban protagonismo las tonalidades rosadas y violáceas. Alain acarició su cabello, tan blanco como la nieve más pura y ella lo observó con sus gigantes ojos resplandecientes, pero carente de emoción.

-¿Dormiste bien, Lynn?
-Sí...-La pequeña se refregó un ojo con la mano.- Aún tengo sueño... ¿Me dejas dormir un poco más?
-Todo lo que quieras...
-Muchas gracias Lain...

La pequeña se volvió a acurrucar sobre el regazo de Alain y continuó durmiendo. Él continuó acariciando su cabello, mientras una lágrima brotó de uno de sus ojos. La lágrima cayó lenta y pesada, producto de sus emociones mezcladas, sin saber cómo haría para explicarle que ya no podrían volver a casa y a la vez aliviado de que ella se encontraba perfectamente bien. Tras su reciente reacción, había descartado sus peores pensamientos, ya que ella parecía no recordar la masacre reciente. Con suerte, podría camuflarlo temporalmente como un sueño. Sin embargo... ¿De qué manera le explicaría que ya no podrían volver a casa con mamá y papá? ¿O que ya no debían seguir protocolos inútiles, y que debían luchar por la supervivencia? ¿Cómo explicarle a una niña de 7 años que debía sentar cabeza y olvidarse de su niñez? 
Los ronquidos de Lynn sonaban cortos y suaves. La mirada de Alain hablaba por sí sola, hubiera dado todo por que ella no despertara jamás de tan apacible sueño.

Hubo movimiento en el pasillo. Johan se levantó del suelo y animó a las mujeres a hacer lo mismo, de a una y lentamente para que Mao se sintiera cómoda. Ella posó sus ojos rojos sobre él, quien la observó un momento y, apartando la mirada, le dio la mano en señal de trabajo terminado.
-Gracias de nuevo, somos afortunados de tener a alguien eficiente que pueda velar por el bienestar general-Y dicho esto, intentó esbozar una sonrisa pero no lo logró.
-Es... Es mi trabajo-Se llevó la mano a la nuca, y empujó su sombrero hacia adelante sin quererlo, haciéndolo caer. Lo volvió a levantar rápidamente y con las manos temblorosas, hizo un ademán a la chica del cabello borravino para que se acercase a él. Luego de pensar un momento, volvió a hacer el gesto del espiral delante de su boca.
La chica asintió. Con voz mecánica y monótona prosiguió.

-Puedo hablar... Siempre pude...! No oigo hace un rato, no entiendo nada

Su voz sonaba desabrida, en contraste con su bonito rostro. El hombre volvió la vista a donde estaban sentados hace tan solo un momento y vio su saco en el suelo. Le hizo un ademán a la señorita para que espere y fue a buscarlo. Ella lo seguía con la mirada. volvió con él en la mano, sosteniéndolo del cuello para mantenerlo derecho y, como si se tratara de un mago, revisó sus bolsillos internos de manera que pudiera verlos claramente y sacó un utensilio. Con él le revisó un oído, luego el otro y guardó la pequeña herramienta en un bolsillo diferente de su abrigo, que colocó cómodamente sobre sus hombros como una capa. Hizo como si su cabeza cayera lentamente hacia un costado y la detuvo con la mano, fingiendo que ésta era el suelo. La señorita le dio la razón, asintiendo frenéticamente la cabeza y señalándolo felízmente.

-Tengo un chichón acá- Con un dedo señaló a un lado de la cabeza y, tocando el área especificada, sacó de su cabello algo de sangre coagulada que deshizo con sus dedos.-Caí mal, una piedra me golpeó.
Johan posó una mano sobre la otra y la señaló, como habiendo encontrado la causa.
-¿Es grave? 
El hombre negó con la cabeza. La señorita sonrió aliviada y suspiró, como habiendo soltado algo pesado.

-¡Hey! ¡Disculpeme señor...!-Mao se acercaba con una mano a medio levantar y a paso tranquilo
-Crapoulette Johan para servirla madmoiselle-Con una mano en el corazón se inclinó para saludar.
-Señor Crapoulette... ¿Cree usted que es conveniente comenzar a moverse? Los rayos del sol parecen debilitarse
-El hombre se dio media vuelta para observar en lo alto una filtración de luz que, efectivamente, se notaba más anaranjada.-Pues... Opino lo mismo que usted. Sin embargo, ¿Hacia dónde nos moveremos?
-Tenemos dos opciones, naturalmente. Izquierda o derecha. Si pides mi opinión... Creo que deberíamos movernos hacia la izquierda. Los zeppelin apuntaban en esa dirección, y dudo mucho que se hayan movido en línea recta.
-En ese caso me parece una buena idea

Leoni se acercó con paso inseguro hacia ellos y, notando que habían terminado de hablar, pidió la palabra

-Disculpen, Gaia y yo estamos hambrientos, y nos preguntábamos si podríamos salir a explorar en busca de algunos restos de lo que sea, considerando que no se han escuchado sonidos hace un buen rato

Johan y Mao se miraron, no habían pensado en eso. Había tantas cosas en las que pensar que olvidaron la importancia de los suministros... O tal vez priorizaron otros aspectos antes que la alimentación. Mao se dirigió a una pila de escombros y comenzó a apilar trozos de pavimento debajo de una grieta, de forma ascendente. Al poco tiempo, Melpómene, Johan y la chica del cabello borravino hicieron lo mismo, siendo esta última quien realizó la tarea con más facilidad.

-Gracias gente-Dijo agitadamente Mao, y se dispuso a trepar por entre las rocas
-¡E-Espera un momento! Estem... Por favor...
-Mao se detuvo en seco y miró por encima de su hombro- Qué pasa, por el amor de--
-Sí.. Yo, eh... ¡Déjame echar un vistazo a mí, por favor!
-¿Cuál es la diferencia?-Chasqueó la lengua con molestia
-En el caso que sea peligroso, el grupo te necesita, Mao... Yo no he hecho nada hasta ahora
-¡Tiene razón!

Todos miraron casi a la vez a quien había dicho esto último. Un hombre de cabello fucsia, rastas, barba desalineada y pequeños anteojos redondos que se encontraba recostado contra la pared respirando como si fuera un desafío para él. Un escudo de armas seguía impreso en su frente.
Johan se acercó a él con curiosidad, y lo rodeó como si fuera un objeto muy raro. Con bastón en una mano y la otra enrulándose el bigote, lo observó sonriente y con malicia.

-¿Qué te pasa? No me gusta que me mires así. Una fotografía dura más.
-Johan formó un rectángulo con ambas manos y movió uno de sus dedos mientras decía-Click Click
-¿Qué hacés?
-Te saco fotos, pa' la posteridad. Click click
-No era para que lo tomes literal...
El señor Crapoulette, con su bastón golpeó las piernas del otro sujeto. Sus alaridos hicieron eco en los pasillos metálicos.-Click Click-Hizo un ademán de sacar una grabadora del bolsillo-Para la posteridad, esta es la imagen de un hombre que no reconoce su posición. ¡Pero qué interesante!-Luego, volvió a su voz seria de siempre-Yo creo que no tienes nada que opinar. Por lo menos ella sabe que no colabora y quiere cambiar eso. Tu por el momento no puedes ni pararte sobre tus patas traseras.

Mao se cubrió la boca con asombro, mientras Johan volvía a su lado con aire triunfante. Sin embargo, la arquitecta se apartó de él para ir al lado de la otra señorita.

-¿Segura que quieres hacer esto?
-Sí-En su voz se notaba determinación, un poco diferente que antes-Mi única habilidad es dibujar... No es nada útil. Tu pones orden, Melpómene nos da contención, Alain es muy inteligente y Leoni es la voz de la mayoría... La chica de allá tiene bastante fuerza y Johan es bueno tratando a la gente. Quisiera ser útil en algo, permítemelo por favor.
Mao no podía simplemente negarselo, la muchacha tenía un punto. Asintió con la cabeza y le dio un par de palmadas en la espalda para animarla-Estoy segura de que tienes un gran potencial
-Yo no, pero te lo agradezco mucho.

Y así la muchacha trepó por los escombros de asfalto con torpeza pero sin mirar hacia abajo. Uno por uno se fueron acercando a la grieta para observarla partir con temor a que no regresara, mientras cuidaban de estar alertas ante cualquier traspiés y la caida de alguna piedra. De a poco se fue acercando a la superficie, hasta que con su cuerpo llegó a bloquear la luz de la misma, indicando que había llegado lo suficientemente alto como para escabullirse por ahí. Se puso de puntas de pie para tocar el suelo con las palmas de las manos y, dando un salto, salió por el agujero. Desde abajo espectaban tensos su salida de la precaria protección, viéndola tan vulnerable que ya casi la daban por muerta. 
Arriba, en la superficie, el viento le daba en la cara y el polvo le lastimaba los ojos. Se puso de pie con el pelo en la cara para aminorar el impacto y sacó de su pequeño morral de cuero unas antiparras y, en su lugar, guardó sus gruesos anteojos. Echó un vistazo por primera vez al panorama y sus piernas perdieron la fuerza gradualmente hasta que no pudieron sostenerla más, y la tiraron al suelo.

-Pero qué demonios...

Parpadeó incontables veces, incrédula, su boca abierta de par en par y sus manos sosteniendo el resto de su cuerpo.

-Van a matarme cuando vuelva a bajar, lo presiento...

Capítulo 4: Losing my smile after adversity

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